Hacer un De Gea

plumas estilográficas

¿Qué pensaríamos de unos novios que, pudiendo llegar a tiempo a la iglesia, remolonean y acuden dos minutos después de que se haya marchado el cura, cansado de esperar? Efectivamente, pensaríamos que tenían pocas ganas de casarse.

Es lo que ha ocurrido con David de Gea: ni el Manchester tenía interés en traspasarlo ni el Real Madrid en ficharlo a estas alturas de la temporada (podrá hacerlo dentro de unos meses sin pagar la cláusula de rescisión). El portero madrileño ha sido la víctima inocente de uno de los sucesos más bochornosos, en cuanto a traspasos se refiere, que recordamos los aficionados al fútbol. ¿Cómo podríamos catalogar, si no, este fichaje –más bien no fichaje– con el que la prensa deportiva nos ha bombardeado durante todo el verano? ¿Era necesario esperar hasta el último minuto –y dos más– para llevar a cabo ese matrimonio deportivo? Ya digo: bochornoso.

Visto con cierta equidistancia, podemos entretenernos en sacarle algún partido filológico a la noticia. Por mi parte, acabo de parir un neologismo: la expresión hacer un De Gea. O, si castellanizamos su apellido con un sustantivo común, hacer un dejea, con j, junto y en minúsculas. Sería una alternativa para referirnos a contratos, bodas, divorcios, sentencias judiciales, pactos, leyes, alianzas, fusiones, etcétera, que en el último minuto, por falta de interés o por desidia, dan un giro inesperado y echan por tierra un proyecto al que solo le faltaban un par de firmas.


Unas veces somos las personas quienes hacemos dejeas y otras es la propia vida, tan casquivana, quien nos roba en el último instante lo que creíamos era nuestro.


¡Nos vemos en el siguiente post sobre corrección de estilo!

[sc:francisco]

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