El hurto

plumas estilográficas

Tras dejar a los niños en la guardería, esta mañana –en vez de marcharme a casa, como suelo hacer– he entrado en una cafetería del barrio para desayunar. Aprovechando que había varias mesas libres, me he dado el lujo de escoger una que tenía, junto al servilletero, la última edición EL CULTURAL, del diario El Mundo.

Me ha recordado, mientras desayunaba tranquilamente al tiempo que me empapaba de las novedades literarias y leía algunos cuentos de autores mimados por el establishment, aquellos días en los que realmente yo no tenía nada mejor que hacer que desayunar con tranquilidad y leer suplementos culturales (además de libros, muchos libros).

Podría haber seguido allí mucho tiempo más, ocioso y relajado, pero un desayuno decente ha de ser siempre más breve que la lectura de un suplemento dominical. Decidí marcharme, entre otros motivos, porque la luz mortecina de la cafetería y el tamaño diminuto de la fuente del texto me estaban abrasando los ojos. Y, justo cuando iba a levantarme de la mesa, sentí el impulso de esconder la revista bajo mi amplio abrigo y llevármela a casa, donde antes o después podría encontrar un hueco libre para proseguir la lectura.


¡Cuántas veces habré leído que robar un libro no es delito! Algunos lo consideran incluso una pequeña hazaña de la que uno no debería avergonzarse. Y si robar un libro no es robar, hacer lo propio con una revista tampoco debería serlo, me dije.

Este pensamiento no debió de ser lo suficientemente persuasivo, porque salí del local con las manos vacías. No pude evitar recordar aquella noche en el Parque de Cánovas, cuando mi padre me obligó, ante la presencia de mi madre y mis hermanas, a retomar mis pasos hasta el carrito de las chuches, del que yo había hurtado –sin que nadie de la familia se percatara– un caramelo. Rememoré la vergüenza que pasé cuando mi padre le dijo al señor que atendía aquel pequeño puesto (que hoy me parece tan anacrónico como literario):

–Este hombrecillo –se refería a mí– tiene algo que contarle.

Y yo, muerto de bochorno, le dije que había cogido un caramelo… sin permiso. Una forma sutil de confesar que lo había “mangado”. (“Robado” me parece un verbo excesivo teniendo en cuenta que hablamos de un simple caramelo y de un niño –yo– que tan solo tenía cuatro o cinco años).

Aquella escena se grabó en mi subconsciente, y, aunque la santidad me queda lejos, debo decir que siempre he tenido muchos reparos de agenciarme lo que no es mío. (Ni siquiera, ay, un puñetero suplemento cultural).

Pensé, además, en mis hijos. ¿Qué sentido tiene gastamos el dinero en la guardería, donde la educación es un valor sagrado, si luego el padre de las criaturas se dedica a cometer hurtos a plena luz del día?

Así que abandoné la cafetería con la certeza de que mi padre se sentiría orgulloso de mí.

Y como me había quedado con las ganas de seguir leyendo los cuentos (de Eloy Tizón, José Ovejero, Lorenzo Silva…) y un análisis del panorama literario que presenta la revista en sus primeras páginas, me encaminé hacia un quiosco de prensa que no está demasiado lejos.

¡Un euro, un solo euro y ya tenía en mis manos el ansiado objeto de deseo! “¿Para qué robar si con el pago de una simple moneda puedes mantenerte en el lado bueno de la ley?”, escuché que me decía mi padre. ¡Eso es: si Lou Reed quiere caminar por el lado salvaje, allá él!

Pero ocurrió que la compra del suplemento cultural no me alivió anímicamente, sino todo lo contrario. En vez sentirme abanderado de la honestidad, todo un dechado de virtudes, no dejaba de reprocharme, de vuelta a casa, mi cobardía. No había gastado ese euro empujado por la honestidad… sino por el temor a ser descubierto. Hube de reconocer que no había tenido agallas para robar la publicación y había hecho lo que hacen aquellos a quienes les sobra el dinero: compensar sus deficiencias echando mano del vil metal. Judas se vendió por 30 piezas de plata y yo… por una moneda de euro.

¿De veras es tan importante que siga esa publicación, posiblemente abandonada o al menos ignorada, en el revistero de la cafetería? ¿Mi hurto hubiera arruinado a alguien? ¿Hubiera causado algún tipo de oprobio a los dueños del local o a los lectores? ¿Perdería alguien el sueño por culpa de mi minúscula fechoría?

Nada de eso. Debería haber mangado, hurtado, robado, sisado esa maldita revista, aunque solo fuera para experimentar la vivificante sensación de pánico al abandonar el local, pensando que alguien podría llamarme la atención. Quién sabe, igual podría haber vivido una escena intensa, digna de recalar en un relato. Pongamos que el dueño de la cafetería comenzara a insultarme; que un policía, allí presente por azar, me interpelara y me pidiera mis datos; que el portero de mi edificio, cliente habitual, me dedicara una mirada inquisitiva; o que la maestra de mis niños, hoy en el local con intención de comprar una botella de agua, se acercara a mí para afearme mi conducta e indicarme cuáles son mis obligaciones como ciudadano.

Hubiera sido un momento delicado, pero un gran momento a fin de cuentas… Ante el descubrimiento de mi hurto, ya en casa, me sentaría al ordenador para describir los hechos y tratar así de despejar las malas sensaciones. Imagino una historia llena de remordimientos, una historia triste y algo tóxica que podría dar paso a otra catarata de reflexiones íntimas en las que yo no saldría bien parado.

Bien mirado, creo que si el pequeño hurto hubiera resultado exitoso, es decir, si nadie se hubiera percatado de mi acción, minutos después yo mismo me reprendería por haber caído tan bajo.

(El caso es que no me libro del remordimiento, sea como ciudadano ejemplar o como ladronzuelo de bajos vuelos).

Mientras escribo estas líneas, hago un descanso para hojear el suplemento cultural. He leído algunas de las pequeñas historias narradas por ilustres escritores, quizá tan pequeñas como esta que acabo de volcar en el procesador de textos.

Para consolarme, me he prometido que si alguna vez me invitan a escribir en El Cultural, acudiré de nuevo a la misma cafetería y robaré el ejemplar en el que se publique mi historia, salga el sol por donde salga. Si he combatir la sensación de cobardía con un hecho delictivo, que así sea.

¡Perdóname, padre, allá donde estés, si acabo en el infierno por robar una revista y un caramelo!

 

Francisco Rodríguez Criado es escritor, corrector de estilo y editor de blogs de literatura y corrección lingüística.

 

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