Ola ke ase

oka ke ase

Por extraño que pueda parecer, hay filólogos, lingüistas, escritores y educadores que defienden la mala escritura en determinados canales. En opinión de estos “eruditos”, es aceptable escribir faltas de ortografía, errores gramaticales o palabras abreviadas (irreconocibles, en muchos casos) en aras de un lenguaje nuevo que atiende no tanto a las normas establecidas, sino a las necesidades puntales de quienes se comunican en ese entorno.

Para estas personas, no hay nada reprochable en frases como esta:

“Ola ke ase qdamos para tomar algo o tu tb te kedas oi en kasa”.

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Marcel Proust y las raquetas de pádel

Proust y las raquetas de pádel

Los consejos de escritura más habituales para redactar textos enfocados a la venta en Internet pasan siempre por primar las frases cortas, los párrafos breves y las ideas sencillas y directas… La creencia implícita que subyace en estos consejos –a veces no tan implícita– es que al lector interesado en tu producto no le gusta leer, y por tanto has de ponérselo fácil. El objetivo, pues, es vender productos a lectores perezosos que huyen despavoridos cuando se topan con demasiadas palabras juntas.

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Por qué/Porqué/Porque/Por que. ¡Vaya lío!

En una página sobre corrección de estilo no podrían faltar algunos consejos que nos ayuden a evitar la confusión en el uso de estas palabras o combinaciones de palabras: Por qué/Porqué/Porque/Por que.

¿Por qué conviene indagar un poco en este asunto. Precisamente porque mucha gente no tiene claro cuándo usar una y cuándo otra.

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101 errores de escritura habituales

errores de escritura

Ciertos autores me piden un presupuesto de corrección de estilo al tiempo que me informan del poco trabajo que tendría que hacer. “Está bien redactado”, me dicen. “Sería una tarea sencilla”, añaden. 

¿Poco trabajo? Ojalá. A la hora de la verdad, el corrector debe emplearse a fondo. Aunque un manuscrito esté redactado con pulcritud, siempre hay que sacar el sufrido bolígrafo rojo –por usar una imagen escolar– y realizar las correcciones sin miramientos, por lo general más de las que el autor espera. Y es que un lenguaje tan rico –y enrevesado– como el español, lleno de zonas oscuras, se presta a muchos errores de escritura, unas veces pequeños y otras, no tanto.  

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El olvidado corrector de estilo

El olvidado corrector de estilo

La Vanguardia publicó días atrás un reportaje titulado “Así se hace un libro” con el que ilustraba el número de profesionales susceptibles de intervenir en la producción de una obra, empezando por el autor y terminando por el lector. Entre uno y otro, el autor del reportaje citaba, con nombres y apellidos, a once profesionales de la edición: la agente literaria, la editora, el editor del sello, la redactora, la diseñadora, el ilustrador, el traductor, la directora de audiolibro, el impresor, el distribuidor y la librera.

Aun valorando que se den a conocer las dificultades que entraña publicar un libro –así lo sugiere el alto número de profesionales necesarios, trece, dos más de los que tiene un equipo de fútbol–, sorprende negativamente que el redactor haya omitido la figura del corrector de estilo, de vital importancia en la calidad del producto final.

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¿Yo he imprimido o Yo he impreso? | Verbos con dos participios

he imprimido o he impreso

La conjugación de los verbos de la lengua castellana –que no es nada sencilla–  presenta, antes o después, alguna complicación. (No hay más que comprobar cómo los estudiantes extranjeros se pelean con los dichosos verbos, a veces sin éxito…).

Hay muchas dudas, por ejemplo, con los participios. ¿Se escribe “he imprimido” o “he impreso”? ¿Se dice “he frito un huevo o he freído un huevo”? Para complicar aún más las cosas, participios que antes se utilizaban en el día a día han caído en desuso con el paso del tiempo. 

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Los latiguillos. ¿Debemos evitarlos?

los latinajos

Despejemos las dudas cuanto antes: en términos lingüísticos, un latiguillo no es un látigo pequeño ni un latinajo, sino una palabra o expresión que se repite en una frase más por costumbre que por necesidad.

Al margen de que tiene acepción propia en el mundo del bricolaje (que aquí no nos interesa), el latiguillo también tiene cabida en el ámbito del teatro o de la oratoria: se trata aquí de un recurso declamatorio con el que dar énfasis a una expresión tratando de provocar un impacto determinado en los espectadores.

Subrayar los libros

En sus memorias profesionales, Antes de que se me olvide, José Martínez de Sousa –quizá la mayor eminencia filológica que ha dado España en décadas– cuenta que, llevado por su respeto a los libros, rara vez escribe en sus páginas ni subraya conceptos, palabras o párrafos, y que a lo sumo se atreve a dibujar una oreja de perro en la parte superior cuando tiene que cerrar el libro y necesita señalar un punto de lectura.  

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Corrección de estilo (5): Los descartes de Mourinho

El medio de turno ha publicado la imagen de cada jugador con su correspondiente pie de imagen y una nota adjunta. Siento decirlo, pero en esos ocho textos breves que acompañan a las imágenes de los jugadores hay errores lingüísticos. En el vídeo explico, además, que en muchas ocasiones leemos información errónea y, sin embargo, la procesamos de manera correcta. Y citaba otro reportaje de la prensa deportiva en el que había un error que todos, o casi todos, corregíamos sin darnos cuenta. En ese artículo se nos decía que Cristiano Ronaldo había marcado 240 goles en 218 minutos. ¡240 goles en menos de cuatro horas! ¡Imposible! Podéis leer aquí ese artículo, A veces interpretamos bien porque leemos mal, publicado aquí mismo hace un año y medio.