braquilogía

La braquilogía no es una afección de los bronquios

Posiblemente hayas escuchado hablar en alguna ocasión de la braquilogía. Pero no, no es una afección de los bronquios, qué va. No vas a encontrar una braquilogía en una radiografía, sino en un texto. Seguramente hayas echado mano de ella en tus escritos aun sin saberlo.

Aclaremos de qué va el asunto. La palabra braquilogía procede del griego (brachýs, breve, y logía, discurso). Se trata de una figura elíptica que consiste en sustituir una expresión de cierta complejidad por otra más simple mediante el proceso de eliminar palabras de la construcción original.

Algunos ejemplos:

“Me creo hombre de palabra” por “Creo que soy hombre de palabra”.

“Pensé morirme cuando la vi” por “Creí que me iba a morir cuando la vi”.

“¡Lo mismo!” por “¡Opino lo mismo que tú!”.

“En verdad que no merece la pena dirigirles la palabra” por “En verdad os digo que no merece la pena dirigirles la palabra”.

 

Hay también braquiología cuando omitimos un término común que se da en dos o más proposiciones contiguas. El objetivo es evitar la repetición de una palabra en construcciones similares. Con este ejemplo lo veréis mejor:

“Francisco es de Guadalajara, y María Victoria, de Santander”.

En la segunda oración hemos omitido la forma verbal es, que sí aparece en la primera frase. En “y María Victoria, de Santander”, el verbo está sobreentendido.  No hay necesidad, pues, de escribirlo.

Lo habitual es insertar una coma para indicarle al lector que vamos a ahorrarnos una palabra (en este caso la coma va después de María Victoria), aunque esta es una costumbre que no todos los redactores siguen últimamente.

La braquilogía se da por buena si la comprensión de la frase no queda dañada. Ahora bien, a título personal, no me parecen de buen estilo aquellos textos plagados de braquilogías (como los citados en el primer ejemplo), sobre todo cuando pertenecen no a la voz de un personaje, permeable al lenguaje elíptico de la calle, sino a la del narrador, en quien se presume mayor finura.

Un exceso a la hora de ahorrarnos la escritura de palabras podría sugerir cierta pereza expresiva.

 

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