5 consejos que te ayudarán a mejorar tu escritura

5 consejos que te ayudarán a mejorar tu escritura

Escribir con la máxima corrección y pulcritud es, a partir de cierto nivel, una cuestión de matices. He llegado a esta conclusión después de leer numerosos manuscritos y libros redactados con una prosa digna que acaban malogrados por culpa de errores comunes, fáciles de evitar. Ocurre, en estos casos, que la buena impresión inicial se resiente antes o después. Puede que el lector común –entiéndase las cursivas– no repare en estos pequeños errores, pero un lector avezado sí que se va a dar cuenta, y no va a poder reprimir un mohín de disconformidad. (Donde hay un buen lector siempre hay un gran censor y donde hay un gran censor siempre hay un mohín de disconformidad).

¿Pero de veras tienen tanta importancia los matices? Claro que sí. Supongo que habréis visto en alguna ocasión uno de esos concursos de patinaje artístico en los que el patinador o la patinadora de turno está haciendo una buena actuación y de repente sufre un ligero resbalón. Personas como yo, que no entendemos de patinaje artístico, tal vez lo pasemos por alto, o quizá percibamos el lapsus pero no le concedamos demasiada trascendencia. Sin embargo, el exigente jurado le va a rebajar nota por ese error, por pequeño que sea. Un error, ay, que puede costarle el campeonato. El escritor, como el patinador, se juega el éxito de su empresa en los detalles.

Ese es el tema que nos ocupa hoy: los pequeños errores. No estamos analizando las flagrantes faltas de ortografía o un desconocimiento lesivo de la gramática, sino los deslices, los resbalones lingüísticos, las caídas inesperadas.

La cuestión es: ¿por qué consentir ciertos deslices a la hora de escribir si podemos evitarlos con un poco de esfuerzo?

A continuación, te ofrezco cinco consejos que podrían darle ese empujoncito a la calidad de tu escritura. El objetivo es evitar esos resbalones en los que algunos caemos de vez en cuando mientras que otros, adictos a ellos, lo hacen con nocturnidad y alevosía…

1 No comiences dos párrafos con las mismas palabras, sobre todo si esos párrafos van seguidos: generan cierto paralelismo visual, una suerte de déjà vu que conviene evitar.

Ejemplo:

El viejo y el mar, de Ernest Hemingway, es una novela ambientada en Cuba que narra la lucha de un pescador con un pez espada que ha picado el anzuelo. Después de ochenta y cuatro días sin cobrarse una sola pieza, Santiago, que así se llama el pescador, se toma la captura de dicho pez como un asunto de vida o muerte.

El viejo y el mar fue escrita en 1951 y publicada en 1952, y se han rodado varias películas sobre ella.

Como ves, ambos párrafos comienzan con El viejo y el mar. Evitar ese efecto espejo es muy sencillo. Voy a hacer algunas modificaciones en el segundo párrafo para evitar la repetición. Podemos sustituir las palabras que se repiten por otras similares o bien reformular el orden de los elementos de la frase:

Versión 1: La famosa novela del premio Nobel fue escrita en 1951 y publicada en 1952, y se han rodado varias películas sobre ella.

Versión 2: Hemingway escribió su novela en 1951 y la publicó en 1952. Se han rodado películas sobre ella.

Versión 3: Se han rodado varias películas sobre El viejo y el mar, novela que fue escrita en 1951 y publicada un año después.

(Las posibles variaciones son ilimitadas).

2 No inventes palabras para sustituir (por error) a otras que sí existen. Cuando recomiendo no inventar palabras no me refiero a los dignos neologismos, sino a esas voces inexistentes que escribimos por aproximación fonética a otras que sí existen. Es un error bastante extendido. Hemos escuchado o leído estas palabras aquí y allá, y de manera inconsciente damos por hecho que si tantas personas las escriben por algo será. Y, sin embargo…

Pero tranquilo: este es una vez más un error fácil de subsanar. Cuando tengas duda, cuando pienses que una palabra no te acaba de sonar bien, echa mano del diccionario y, si se trata de un verbo, consulta su conjugación. El DRAE, en su versión online, tiene un botón azul muy socorrido con un nombre de lo más sugerente: CONJUGAR. Lo conoces, ¿verdad? ¡Pues úsalo!

Recuerda:

No se escribe ávaro sino avaro.

No escribe pausible sino plausible.

No se escribe madrasta sino madrastra

No se escribe Yo salpimento sino Yo salpimiento.

No se escribe andé sino anduve.

No se escribe ideosincracia o idiosincracia sino idiosincrasia.

No se escribe tortículis sino tortícolis.

No se escribe satisfació sino satisfizo.

No se escribe desterres sino destierres.

No se escribe infrigir sino infringir o infligir (dependiendo de a qué te refieras).

Coda: No se escribe sin consultar el diccionario.

3 No abuses de los adverbios terminados en -mente.

El objetivo de los adverbios terminados en –mente es definir la forma en que se realiza determina acción. Es muy habitual escribirlos: al fin y al cabo, no dejan de ser adverbios de modo. El problema es que, cuando abusamos de ellos, generan una cacofonía algo molesta.

Algunos escritores les han declarado la guerra a estos adverbios. Uno de ellos, el premio Nobel Gabriel García Márquez (1927-2014). Antes de su novela Crónica de una muerte anunciada había exhibido cierta tendencia a escribirlos, pero en la citada novela ya solo incluyó un adverbio de modo terminados en –mente. Y, si no estoy equivocado, no volvió a escribirlos nunca más en ninguna de sus obras.

Una actitud radical, creo yo. No te voy a aconsejar que los elimines de tu escritura, sino que los dosifiques. Y bajo ningún concepto abuses de ellos en un mismo párrafo, porque la acumulación de adverbios terminados en –mente denota pobreza de recursos lingüísticos.  

Sortear los adverbios de modo terminados en –mente también es una tarea asequible. Solo tienes que sustituirlos por expresiones sinónimas.

Ejemplos

Antiguamente: en la antigüedad.

Fácilmente: con facilidad.

Probablemente: con mucha probabilidad.

Astutamente: con astucia.

Inteligentemente: con inteligencia.

Insistentemente: con insistencia.

Paulatinamente: de manera paulatina.

4 No te sumes a las modas cursis o cutres. El lenguaje, como todo o casi todo en esta vida, está sujeto a las modas. ¿Qué quiere decir ‘moda’ cuando hablamos de lenguaje? Quiere decir que casi con total seguridad dentro de unos años nadie utilizará las expresiones que ahora, en un ejercicio de mimetismo verbal, muchos repiten con entusiasmo. Escuchamos con demasiado frecuencia la expresión “empoderarse”, “la verdad es que” (que no significa nada, ¡esa es la verdad!) o “poner en valor”, una cursilada que se ha gestado en el mundo de la política y que cuenta con el apoyo de tertulianos de medio pelo. ¿Alguien puede explicarme qué valor tiene esta locución verbal que no tengan los verbos “valorar” o “destacar” de toda la vida?

¿Recuerdas las expresiones ochenteras “chachi piruli”, “nanai de la china” o “mover el esqueleto”? Sí, esas que nadie utiliza ahora, a no ser que las pongas en boca de un personaje anclado a los tics del pasado…

El argot informático o del marketing también nos está imponiendo una serie de palabras o expresiones que no aportan gran cosa. Me refiero a palabras como “implementación”, “páginas nicho”, “escalable”, “hacer respaldos”, “netiquette”, etcétera, de las que podríamos prescindir sin demasiado drama. (Leer el artículo “Cuidado con la implementación”).

En resumen: debes elegir entre el lenguaje culto –unido a ciertos valores clásicos, perdurables en el tiempo– y el lenguaje volátil de las modas, nacido con fecha de caducidad. Escribir “la verdad es que” o “poner en valor” es venderse a expresiones que antes o después –espero– desaparecerán de nuestros vocabularios.

(Si dentro de dos décadas, estas expresiones siguen vigentes y ya no nos suenan cursis o cutres –algo que dudo–, se habrán ganado su derecho a estar ahí).

5 Distingue las tildes tónicas

Hay bastantes personas con un buen nivel de redacción que, sin embargo, se encharcan en cuanto se topan con los acentos diacríticos (o tildes diacríticas). ¿A qué nos referimos cuando hablamos de acentos diacríticos? A aquellos que se escriben para distinguir palabras de igual grafía que pueden tener diferentes significados. El uso o no de esa tilde condiciona diferentes categorías de palabras. La norma es escribir la tilde a las palabras que son tónicas.

Pongo algunos ejemplos para que lo entiendas mejor:  

Tu perro ladra todas las noches. (“Tu”, sin tilde, adjetivo posesivo. Palabra átona).

no tienes vergüenza”. (“”, con tilde, pronombre personal. Palabra tónica).

Se afeita cada mañana frente al espejo (“Se”, sin tilde, pronombre reflexivo. Palabra átona).

que juegas muy bien al fútbol. (“”, con tilde, primera persona del singular del indicativo del verbo “saber”. Palabra tónica).

bueno (“sé”, con tilde, imperativo del verbo “ser”. Palabra tónica).

Es hijo de Juana (“de”, sin tilde, preposición. Palabra átona)

Si quieres que te el dinero, gánatelo (“dé”, con tilde, primera persona del singular del subjuntivo del verbo “dar”. Palabra tónica).

Otros pares de palabras donde la tilde diacrítica desempeña un papel importante son: aun/aún, mas/más, si/sí, te, té…

Un consejo extra, que no voy a desarrollar aquí porque ya lo hice en su momento, es evitar el abuso de la forma verbal “dije” en la articulación de los diálogos. Este es el post en cuestión, por cierto, uno de los más leídos del blog.

No quiero expandirme más por hoy. Me doy por satisfecho si estos consejos os ayudan a mejorar vuestro nivel de redacción. Evitar los deslices debe ser nuestra prioridad para no caernos de morros sobre la fría pista de patinaje… o en los márgenes del adusto folio.

¡Nos vemos en el siguiente post sobre corrección de estilo!  ¡No te pierdas los posts anteriores!

Francisco Rodríguez Criado es escritor, corrector de estilo y editor de varios blogs enfocados a la literatura y el lenguaje (Corrección y Estilo, Literatura.fmGrandes Libros, Narrativa Breve, Escribir y Corregir, Corrector Literario…).

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