3 microrrelatos escondidos en Rayuela

plumas estilográficas

Leyendo la famosa novela Rayuela, de Julio Cortázar, nuestro coloborador y amigo Ernesto Bustos Garrido se ha topado con tres de esos microrrelatos escondidos que tanto nos gustan. Ya sabéis a qué me refiero, a esos textos ultrabreves que forman parte de obras literarias de mayor entidad (novelas, relatos, ensayos) y que a la larga, aunque no fuera la intención del autor, son leídos como microrrelatos independientes. Son, por así decirlo, microrrelatos escritos por casualidad. (La definición “microrrelato escondido” es de Alberto Mangel). 

Aquí tenéis los tres microrrelatos. Los títulos han sido elegidos por Ernesto Bustos Garrido.

 


Tres microrelatos escondidos en “Rayuela”, de Julio Cortázar

Por Ernesto Bustos Garrido

El pasado mes de agosto se cumplieron 101 años del nacimiento de Julio Florencio Cortázar. Su vida duró alrededor de 70 años. Durante este tiempo compuso una obra monumental (la primera edición es de 1953). Rayuela es su opera prima. Rayuela, por lo extensa de su escritura (155 capítulos), contiene una infinidad de microrrelatos escondidos. Todos llevan el sello de este gran escritor argentino, a quien su propia muerte le arrebató el Premio Nobel de Literatura. La siguiente compilación contiene tres fragmentos de esta obra fundacional de una nueva narrativa hispanoparlante, donde el autor, con su estilo inconfundible, cuenta algunas historias a veces dislocadas, a veces dispersas, pero tremendamente originales e inolvidables.

 

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Primer relato escondido: [El terrón de azúcar] (*)

Desde la infancia apenas se me cae algo al suelo tengo que levantarlo, sea lo que sea, porque si no lo hago va a ocurrir una desgracia, no a mí sino a alguien a quien amo y cuyo nombre empieza con la inicial del objeto caído. Lo peor es que nada puede contenerme cuando algo se me cae al suelo, ni tampoco vale que lo levante otro porque el maleficio obraría igual. He pasado muchas veces por loco a causa de esto y la verdad es que estoy loco cuando lo hago, cuando me precipito a juntar un lápiz o un trocito de papel que se me han ido de la mano, como la noche del terror de azúcar en el restaurante de la rue Scribe, un restaurante bacán con montones de gerentes, putas de zorros plateados y matrimonios bien organizados. Estábamos con Ronald y Etienne, y a mí se me cayó un terrón de azúcar que fue a parar abajo de una mesa bastante lejos de la nuestra. Lo primero que me llamó la atención fue la forma en que el terrón se había alejado, porque en general los terrones de azúcar se plantan apenas tocan el suelo por razones paralelepípedas evidentes. Pero éste se conducía como si fuera una bola de naftalina, lo cual aumentó mi aprensión, y llegué a creer que realmente me lo habían arrancado de la mano. Ronald, que me conoce, miró hacia donde había ido a parar el terrón y se empezó a reír. Eso me dio todavía más miedo, mezclado con rabia. Un mozo se acercó pensando que se me había caído algo precioso, una Párker, o una dentadura postiza, y en realidad lo único que hacía era molestarme, entonces sin pedir permiso me tiré al suelo y empecé a buscar el terrón entre los zapatos de la gente que estaba llena de curiosidad creyendo (y con razón) que se trataba de algo importante. En la mesa había una gorda pero igualmente putona, y dos gerentes o algo así. Lo primero que hice fue darme cuenta de que el terrón no estaba a la vista y eso que lo había visto saltar hasta los zapatos (que se movían inquietos como gallinas). Para peor el piso tenía alfombra, y aunque estaba asquerosa de usada el terrón se había escondido entre los pelos y no podía encontrarlo. El mozo se tiró del otro lado de la mesa, y ya éramos dos cuadrúpedos moviéndonos entre los zapatos-gallina que allá arriba empezaban a cacarear como locas. El mozo seguía convencido de la Párker o el luis de oro, y cuando estábamos metidos debajo de la mesa, en una especie de gran intimidad y penumbra y él me preguntó y yo le dije, puso una cara que era como para pulverizarla con un fijador, pero yo no tenía ganas de reír, el miedo me hacía una doble llave en la boca del estómago y al final me dio una verdadera desesperación (el mozo se había levantado furioso) y empecé a agarrar los zapatos de las mujeres y a mirar si debajo del arco de la suela no estaría agazapado el azúcar, y las gallinas cacareaban, lo gallos gerentes me picoteaban el lomo, oía las carcajadas de Ronald y de Etienne mientras me movía de una mesa a otra hasta encontrar el azúcar escondido detrás de una pata Segundo Imperio. Y todo el mundo enfurecido, hasta yo con el azúcar apretado en la palma de la mano y sintiendo cómo se mezclaba con el sudor de la piel, cómo asquerosamente se deshacía en una especie de venganza pegajosa, esa clase de episodios todos los días. Fin

Julio Cortázar, microrrelato escondido, Rayuela
Rayuela, de Julio Cortázar. Editorial Sudamericana, 1968

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Segundo microrrelato escondido:  [La Maga y la patafísica]

Con la Maga hablábamos de patafísica hasta cansarnos, porque a ella también le ocurría (y nuestro encuentro era eso, y tantas cosas oscuras como el fósforo) caer de continuo en las excepciones, verse metida en casillas, que no eran las de la gente, y esto sin despreciar a nadie, sin creernos Maldorores en liquidación ni Melmoths privilegiadamente errantes. No me parece que la luciérnaga extraiga mayor suficiencia del hecho incontrovertible de que es una de las maravillas más fenomenales de este circo, y sin embargo basta suponerle una conciencia para comprender que cada vez que se le encandila la barriguita el bicho de la luz debe sentir como una cosquilla de privilegio. De la misma manera a la Maga le encantaban los líos inverosímiles en que andaba metida siempre por causa del fracaso de las leyes en su vida. Era de las que rompen los puentes con sólo cruzarlos, o se acuerdan llorando a gritos de haber visto en una vitrina el décimo de lotería que acaba de ganar cinco millones. Por mi parte ya me había acostumbrado a que me pasaran cosas modestamente excepcionales, y no se encontraba demasiado horrible que al entrar en un cuarto a oscuras para recoger un álbum de discos, sintiera bullir en la palma de la mano el cuerpo vivo de un ciempiés gigante que había elegido dormir en el lomo del álbum. Eso, y encontrar grandes pelusas grises o verdes dentro de un paquete de cigarrillos, u oír el silbato de una locomotora exactamente en el momento y el tono necesarios para incorporarse ex oficio a un pasaje de una sinfonía de Ludwig van, o entrar en una “pissotiere” de la rue de Médicis y ver a un hombre que orinaba aplicadamente hasta el momento en que, apartándose de su compartimento, giraba hacia mí y me mostraba, sosteniéndolo en la palma de la mano como un objeto litúrgico y precioso, un miembro de dimensiones y colores increíbles, y en el mismo instante darme cuenta de que ese hombre era exactamente igual a otro (aunque no era el otro) que veinticuatro horas antes, en la “Salle de Géographie”, había disertado sobre tótems y tabúes, y había mostrado al público, sosteniéndolos en la palma de la mano, bastoncillos de marfil, plumas de pájaro lira, monedas rituales, fósiles mágicos, estrellas de mar, pescados secos, fotografías de concubinas reales, ofrendas de cazadores, enormes escarabajos embalsamados, que hacían temblar de asustada delicia a las infaltables señoras. Fin

 

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Tercer relato escondido:  [San Lorenzo o Boca, se lo digo yo]

Lo importante para Oliveira era asistir sin desmayo al espectáculo de esa parcelación Tupac-Amarú, no incurrir en el pobre egocentrismo (criollicentrismo, suburcentrismo, cultucentrismo, folklocentrismo) que cotidianamente se proclamaba en torno a él bajo todas las formas posibles. A los diez años, una tarde de tíos y pontificantes homilías histórico-políticas, a la sombra de unos paraísos, había manifestado tímidamente su primera reacción contra el tan hispanoitaloargentino “¡Se lo digo yo!”, acompañado de un puñetazo rotundo que debía servir de ratificación iracunda. ¡Glieco dico io! ¡Se lo digo yo, carajo! Ese yo, había alcanzado a pensar Oliveira, ¿qué valor probatorio tenía? El yo de los grandes, ¿qué omnisciencia conjugaba? A los quince años se había enterado del “sólo sé que no sé nada”; la cicuta concomitante le había parecido inevitable, no se desafía a la gente en esa forma, se lo digo yo. Más tarde le hizo gracia comprobar cómo en las formas superiores de cultura el peso de las autoridades y las influencias, la confianza que dan las buenas lecturas y la inteligencia, producían también su “se lo digo yo” finamente disimulado, incluso para el que lo profería: ahora su sucedían los “siempre he creído”, “si de algo estoy seguro”, “es evidente que”, casi nunca compensado por una apreciación desapasionada del punto de vista opuesto. Como si la especie velara en el individuo para no dejarlo avanzar demasiado por el camino de la tolerancia, la duda inteligente, el vaivén sentimental. En un punto dado nacía el callo, la esclerosis, la definición; o negro o blanco, radical o conservador, homosexual o heterosexual, figurativo o abstracto, San Lorenzo o Boca, carne o verduras, los negocios o la poesía. Y estaba bien, porque la especie no podía fiarse de tipos como Oliveira; la carta de su hermano era exactamente la expresión de esa repulsa.

*** Una de las tantas portadas de la novela Rayuela (al parecer, la de la primera edición- 28 de junio de 1963) del escritor argentino Julio Florencio Cortázar nacido en Bruselas, Bélgica, el 26 de agosto de 1914 y fallecido en París, Francia, el 12 de febrero de 1984. Hoy tendría 101 años.

4 comentarios en “3 microrrelatos escondidos en Rayuela”

  1. Muchas gracias por los microrelatos escondidos. En cuando a la tapa, confirmo que sí, es de la primera edición de 1963. Yo tengo la séptima, de noviembre de 1967.
    Un saludo desde Buenos Aires

  2. Hola, yo soy argentino y es incomparable Cortázar. Prefiero a Borges, pero él es excelente. Me di cuenta que en el primer microrrelato habla de un obsesivo compulsivo.

  3. Gracias por el obsequio. Sólo recordaba oscuramente parte del segundo microrrelato, donde el narrador cuenta, que tanto él como la maga estan cayendo en excepciones. Esto siempre me causo risa, pues cuando yo caigo sólo me espera el suelo.

    Una pregunta: en la escuela aprendí (creo), que cuando se escribe, y hay que nombrar los números entre el cero y el nueve, siempre se escriben en “letras”. En su caso, usted siempre empieza con el digito en caligrafia matemática, por ejemplo: “5 errores gramaticales que me sacan de quicio” etc., etc… ?Por qué?

    Saludos desde Heidelberg
    William

    • Estimado William,

      en la escuela te lo enseñaron bien, pero intuyo que en aquella época no existía Google, el posicionamiento SEO y otras técnicas que permiten que un post sea lea más o menos. Funciona mejor un post que se titula “5 razas de perro” que “Cinco razas de perros”. La primera se visualiza antes como lo que es, una lista. Ese es el motivo.
      🙂
      Saludos

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