Copias de seguridad de tus textos

5 métodos sencillos para hacer copias de seguridad de tus textos

Algunos medios de comunicación divulgaron hace poco la estampa de Gideon Hodge, un escritor desconocido –al menos para mí– que reside en Nueva Orleans (ojo: es incorrecto escribir Orleáns, con tilde). El buen hombre fue captado por las cámaras mientras corría desesperado para salvar de las llamas su ordenador, donde guardaba dos novelas terminadas aunque no publicadas. Muchos se mofaron de él en las redes sociales, perplejos de que hoy día haya alguien que no conserve en la Red una copia de sus archivos personales más importantes. (Yo mismo escribí un artículo –respetuoso, eso sí– en el que comentaba la desesperación de Hodge por salvar su obra del fuego.)

Pues bien, por mucho que pueda extrañaros, algunas personas no hacen copias de sus manuscritos. Lo repito en negritas y entre signos de exclamación: ¡Algunas personas no hacen copias de sus manuscritos! Lo sé porque en varias ocasiones he tenido que socorrer a un cliente que había perdido su novela cuando perdió su ordenador, y no tenía ninguna copia disponible. Por suerte, hago copia de todas las correcciones que realizo. Enviarles un email a estos clientes caídos en desgracia con sus manuscritos en archivos adjuntos, ya corregidos, fue para mí una tarea sencilla que ellos, aun hoy, me siguen agradeciendo. 

Varios pueden ser los motivos que empujan a algunas personas a no hacer copias de sus archivos personales: desidia, falta de conocimientos informáticos o simplemente procrastinación (del latín procrastinare, que significa, hablando en plata, “ya lo haré mañana”. )

Esta es la razón de este artículo: animaros a hacer copias (sí, en plural) de vuestros manuscritos. Os ofrezco varios sistemas, todos ellos muy sencillos de llevar a la práctica.

Pero antes quisiera hacer un par de recomendaciones:

  1. ) guardad todos vuestros archivos de texto en una sola carpeta, dividida a su vez en subcarpetas. Es la mejor forma de aglutinar vuestra producción creativa. Así la tarea de llevar y traer vuestros ficheros se simplifica, porque no hay que hacer espeleología para encontrarlos. (El buscador del explorador de archivos suele funcionar bien). 
  2. ) divide y vencerás. La ventaja de los archivos de texto al uso es que ocupan muy poco espacio, sobre todo si los comparamos con aplicaciones, vídeos, imágenes, etcétera. Por eso es conveniente conservar en una carpeta (actualizable) solo los archivos de texto (podríamos llamarla, por ejemplo, “Mis textos”), y en otra carpeta los datos más pesados que rara vez vais a actualizar. En esta segunda carpeta, que podríamos llamar “Material pesado”, yo guardo las portadas de mis libros, fotografías o vídeos tomados durante presentaciones de libros u otros actos literarios, trípticos de los talleres literarios que hice años atrás, las bases de datos con todos los posts de mis blogs, etcétera. Imaginad que cada vez que pretendáis hacer una copia de vuestros textos tuvierais que copiar también los vídeos grabados durante la presentación de vuestro último libro o las cinco o seis portadas en alta calidad que pergeñó el ilustrador/maquetador y que os envió para que dierais vuestra opinión. En el asunto de las copias, como en casi todo, es mejor no mezclar churras con merinas.

Y ahora sí, ahora pasemos a las copias de seguridad.

¿Dónde hacerlas? Propongo cinco métodos (o lugares, si se prefiere):

1 En el disco duro de vuestro ordenador de trabajo, como no podría ser de otra manera, pero también en otro ordenador que tengáis en casa al que seguramente ya no le dais uso. Da igual lo viejo o lo poco operativo que esté, siempre y cuando os permita extraer (con un pendrive, sin ir más lejos) la información que conserváis en su disco duro.

2 La nube. Claro que sí, la dichosa nube sin partículas de agua o de hielo de la que todo el mundo habla es un magnífico lugar para guardar copias de seguridad de vuestros manuscritos. Si me hacéis caso y separáis el material pesado de los archivos de texto, podrás guardar estos últimos en numerosas plataformas, y de manera gratuita: Onedrive, Google Drive, Dropbox, etcétera. Todas ellas ofrecen un servicio básico. sin coste alguno. La ventaja es que, como digo, los archivos de texto ocupan poco espacio. Por ejemplo, Google Drive ofrece en estos momentos 15 GB gratis, más que suficiente para guardar vuestros manuscritos y las obras completas de Dostoievski y Balzac, si fuera necesario. Y, además, son 15 GB por cuenta. Esto quiere decir que en caso de que superarais los 15 GB con vuestros archivos de texto (os lo tendríais que hacer mirar), siempre podréis usar otra dirección de Gmail. En resumen, puedes guardar 15 GB en micuenta1@gmail.com, y otros 15 GB en micuenta2@gmail.com, y así sucesivamente. (Sustituid micuenta1 y micuenta2 por vuestras cuentas reales).

Y, además, si usáis el programa de ofimática Google Docs, no tendréis limitaciones de espacio. Es decir: Google no resta de esos 15 Gb que tenéis gratis en Drive los archivos que hayáis creado con Google Docs. Barra libre, pues, si operáis con programas de la casa.

3 En Gmail u otro programa de correo electrónico que esté disponible online. Si no tenéis demasiados textos (tal vez un par de novelas tan solo), igual os compensa no complicaros la vida y enviaros esas dos novelas desde una cuenta de Gmail a vosotros mismos (o a una segunda cuenta que tengáis en Gmail). Esas dos novelas mantendrán una copia adjunta en las bandejas de Gmail (en la de Entrada, Enviados, Recibidos o incluso en la Papelera si habéis cometido la torpeza de eliminarla. Pero cuidado, si borras la última copia que aún mantienes en la Papelera, perderás la copia).

4 En hardware externo: pendrives, CD o DVD, discos duros externos que se conectan por USB, etcétera. Son muy fáciles de usar y su transporte es comodísimo.

5 Impresas en papel. Este método apenas se usa ya, pero no por ello deja de ser una opción (la menos interesante, a mi juicio). A aquellas personas a quienes se les da mal la informática puede aportarles mucha tranquilidad tener una copia impresa de sus manuscritos en un armario o en las baldas de la biblioteca personal. Algunos autores necesitan tocar sus textos con sus propias manos (valga el pleonasmo). Nada que objetar. Como digo, aun no siendo muy ecológica, es otra opción.

En fin, espero que os hayan servido estas recomendaciones. Creo que pueden merecer la pena tenerlas en cuenta, por básicas que sean. Creedme.

¿Cuál de estos métodos es el mejor? Cuestión de gustos. Yo utilizo los cuatro primeros. De esa forma me aseguro que nunca tendré que correr desesperado para salvar de las llamas una copia única de mis manuscritos. Ahora bien, si os va la marcha, podéis imitar a Gideon Hodge y arriesgaros a perder esa obra maestra que el gran mundo aún no conoce. De algo hay que morir, y hacerlo de un infarto o bajo las llamas es una forma tan digna como otra cualquiera.  :–)

¡Nos vemos en el siguiente post sobre corrección de estilo!  ¡No te pierdas los posts anteriores!

Francisco Rodríguez Criado es escritor, corrector de estilo y editor de varios blogs enfocados a la literatura y el lenguaje (Corrección y Estilo, Literatura.fmGrandes Libros, Narrativa Breve, Escribir y Corregir, Corrector Literario…).

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